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Lecciones de la vida 

Cuando ves todo el trabajo que Vicente y Ana Ferrer hicieron y que se sigue haciendo es inevitable sentir una gran lección de humildad y sobretodo respeto por todo el bien creado así como la importante ayuda de cada padrino y sponsor. 


Después de más de tres meses aún sigo sorprendido por lo que vi en la fundación Vicente Ferrer . Cuando la gente me pregunta que he visto y como son las ONG no puedo evitar comparar . Contar lo que vi y ser sincero. No encontré en todo el viaje una fundación de tal magnitud y tan bien llevada . Como decía  Vicente Ferrer hay que hacer que la gente venga y vea nuestro trabajo . Que conozcan todo lo que hacemos aquí . Sabía que cuando las personas volvieran serían sus mejores embajadores y traerían nuevos sponsors. Y estaba en lo cierto.

Un gran visionario que contó con la ayuda de una gran mujer. Haciendo aún más verdad eso que dicen de que detrás de un gran hombre hay una gran mujer. Sin duda así lo he visto siempre. Y por el contrario una mala elección o mala “suerte” también tendrá sus consecuencias… 

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Etapa 10º- Todo ocurre por alguna razón…

Hacía días que no escribía. Lo hice en Omsk, de madrugada y en el teléfono. La verdad es que fue tan triste lo que ocurrió que no lo quise publicar. Me sentí en shock durante algunos días, por lo que me dediqué a hacer vídeos. Es más directo, a la gente le resulta más facil verlo que perder algunos minutos leyendo a un tipo que esta dando una vuelta al mundo junto a su perro en busca de la luz.

Pero al final la necesidad de expresarse de forma escrita parece ser un vicio. Es la forma que tiene uno de sacar algo que lleva dentro. Es una especie de confesión y reflexión que deja ahí para poder seguir creciendo.

Durante aproximadamente catorce días me he dedicado a viajar desde Moscú a Ulaan Batoor, capital de Mongolia. Parece mentira las cosas que te pueden ocurrir en catorce días, cuando lo pienso parece que hubieran pasado meses. Salí de Moscú el catorce de septiembre con la idea de llegar a Magadan la ciudad más grande más al este de Rusia, sin pasar por Mongolia. Pero, ¡cosas de la vida! Hablando con una amiga me convenció de que no podía perderme la oportunidad de visitar este hermoso país. Que era otro mundo. Y estaba en lo cierto.

El camino por Rusia se sucedió con mucha tranquilidad , excepto por el hecho de que perdí mi tarjeta de crédito en Georgia y aún no la tenía conmigo, por lo que amigos de España me iban enviando dinero a través de Wester Union. Toda una historia ya que en cada país, incluso en cada ciudad tiene formas diferentes de funcionar. La falta de disponer de dinero de manera cómoda e inmediata me hizo pasar por momentos de auténtica incertidumbre, como muestra este vídeo en el que no sabía si sería capaz de llegar a la siguiente ciudad porque se terminaba la gasolina y no sabía cómo me las ingeniaría para obtener más sin un solo rublo en el bolsillo.

En otra ocasión, por ejemplo, esperando una transferencia, me tuve que recorrer toda la ciudad de Novosibirsk y más de veinte sucursales diferentes para que, finalmente, la que podía hacerme el pago me comentó que el sistema tenía un problema y que no podría hacerme el pago hasta el día siguiente. Y debido a que no tenía tampoco un rublo tuve que quedarme literalmente aparcado en la puerta del Banco desde las dos de la tarde hasta que al día siguiente, el banco abriera. Por lo que recliné el asiento del coche, me puse el saco de dormir encima y caí rendido ahí mismo.

En la ciudad de Omsk casi me detiene la Policía. Llegué cuando estaba todo muy oscuro y me metí en la ciudad para buscar un sitio donde aparcar y dormir. Pero al no ver el sitio seguro me fui y atravesé una calle por donde no debía. Al instante por el espejo retrovisor del coche ví unas luces de policía dándome el alto. Ví como se acercaba el policía y me entraron sudores fríos. El policía me empiezó a hablar en ruso, bastante enfadado. Así que le puse cara de “yo aún más cabreado”, pero no con él, sino con el GPS, y empiecé a increpar al gps y le eché la culpa de todo. En ese momento creí que el policía había comprendido algo, pero me dijo con gestos que debía llevarme detenido, mientras me enseñaba las esposas. Ahí el sudor frío se detuvo porque se heló. Le hice gestos explicándole que el culpable era el Gps y que lo sientía mucho. Entonces apareció Luca, mi salvador. Y comienzó a gruñir y a mirarlo por encima de mi hombro. No sé cómo mira, pero tiene la habilidad de hipnotizar a la gente. Hay gente que a eso lo llama la mirada del universo, no lo sé . Pero el policía cambió el semblante, dio un paso atrás,  miró al suelo y me dijo que continuara. No me lo podía creer. Respiré hondo y le di a Luca unos mimos y unas palmadas .

Historias de esas, muchas. Hasta que en Novosibirsk decidimos que teníamos que probar suerte. No las teníamos todas con nosotros para poder entrar en Mongolia. Una cosa es viajar solo y otra es hacerlo en coche y con un perro. Los países asiáticos no son muy fans de los perros y si es un perro grande menos aún. Pero fuimos igual. Decidí hacer los casi dos mil kilómetros que separan Novosibirsk de Kosh-Hagash la ciudad rusa situada en  la frontera con Mongolia.

Cuando nos pudimos atravesar la frontera, ya habíamos parado unas cuantas veces para hacer fotos o para que Luca se diera un paseo, así que llegamos a las cuatro y media de la tarde. Bajamos del coche decididos, entramos en la garita del guardia Ruso y nos dijo en ruso, tras un cristal sucio, que la frontera estaba cerrada hasta el día siguiente. Me quedé “estupidifacto”, sí “estupidifacto”, con cara de estúpido en el acto, pensando que si no hubiésemos parado tantas veces, podría haber pasado ese mismo día. Igualmente de nada servía lamentarse, así que me dispuse a salir y justo entró un chico de Mongolia que también se disponía a cruzar la frontera y que también se quedó con la misma cara. El guardia ruso le pidió que me tradujera lo que ocurrí y, al ver que el chico hablaba inglés, sentí un inesperado alivio. Alguien con quien hablar, y que además ¡era de Mongolia! Me comentó que se habían ido los funcionarios y que lo mejor que podía hacer era buscar un lugar para dormir, que hasta mañana a las nueve no había nada que hacer.

Así que le hice caso y me dirigí al pueblo más cercano a alquilar una cama en un hotel. Podría dormir en el coche, pero llevaba más de ocho días en la carrtera, sin poder alquilar una habitación de hotel y sin poder ducharme o dormir cómodamente. Por eso decidí darme ese capricho. Después de pagar unos seiscientos rublos por una cama con sábanas agujereadas de delfines en el mar, guardé a Luca en la parte trasera del hotel y le di de cenar para irnos a dormir.

A las cuatro o cinco de la mañana me despertaron unos ladridos. Parecían ser los de Luca, así que me asomé por la ventana y no vi nada extraño. Me volví a dormir y al cabo del rato volví a oírlos, pero ya no me levanté, estaba muy cansado y seguí durmiendo.

Llegó la hora de irse, así que recogí todo y fui para el coche. La noche había sido bastante fría. Me dispuse a arrancar el coche y esperé el tiempo necesario para que los calentadores de bujías del motor diesel del Mitsubishi Montero se pusieran al rojo vivo y fuese posible arrancar a seis grados bajo cero, que es la temperatura que teníamos en ese momento. El coche arrancó al momento pero echando un humo bastante considerable de color blanco. Imaginé que era el frío. Así que no le hice caso y seguí mi marcha hacia la frontera.

Pasamos la frontera sin problemas. Grabé un pequeño vídeo para recordar ese momento. Nuestra felicidad no tenía precio. Quizás para Luca era lo mismo, pero yo tengo un recuerdo muy bueno ya que logramos pasar sin apenas tener nada, además el personal de frontera fue muy simpático.

Lo malo ocurrió después, justo al salir. El que era un humo blanco se fue convirtiendo en un humo azulado que iba en aumento. Nunca había visto algo así en mi preciada alfombra voladora.

Lo curioso vino más tarde, justo en ese momento en que era consciente de la cantidad de humo que salía, un chico, subido a una moto, sobre un puente el cual me disponía a pasar, me hace señas para que pare. No entendía nada pero paré igual. Quizás le pasaba algo pensé. Pero al acercarme a él y bajar la ventanilla, en un inglés peor que el mío, me dijo que si tenía algún problema con el coche, me preguntó si mi coche va bien. En un principio me extrañó la pregunta, pero le contesté que no, que el coche estaba sacando un humo azul por el escape y que no sabía qué podía ser. Él me dijo que conocía a alguien que lo podía arreglar, que le siguiera hasta su casa. No estaba muy convencido, pero el coche que echaba tanto humo me preocupaba. Así que le seguí en el coche. Al arrancar, incluso antes de hacerlo Luca ya empezó a gruñir. No le di mucha importancia, le mandé callar, pero como es un cabezota y pasa de mí, continuó haciéndolo todo el  camino. Los gruñidos se fueron transformando en llantos. Aún así no le hice caso, y seguí al chico que iba en su moto hasta una especie de chabola a las afueras de un pueblo con Luca hablándome en la oreja durante todo el camino.

Llegamos a la casa y lo primero que salió fueron un niño y un señor mayor que parecía su padre. Me invitarron a entrar en su casa y me ofrecieron té. Lo acepté, aunque en realidad no estaba muy emocionado por la idea.

El chico, que me invitaba a sentarme y a tomar té y una especie de queso, insistía en que me quedara a dormir en su casa, que mañana vendría un mecánico y arreglaría el coche. Varias veces le dije que muchas gracias, pero que no estaba interesado en esa idea, que si podía llamar al mecánico en ese momento se lo agradecería y luego continuaría mi camino. Al cabo de un rato dejó de insistir y llamó al “mecánico” por llamarlo de alguna manera, ya que apareció un grupo de tres macarras en motos, mirando el coche y con menos pinta de mecánico que yo. A todo esto Luca no les perdía el ojo a ninguno de ellos. No dejaba que se acercaran al coche . Después de un rato con el motor en marcha, uno de ellos, el más macarra de todos, me dijo que posiblemente había piedras o suciedad en el depósito y algo obstruye el conducto.

Ahí sí que ya me sonó todo a chino, o a mongol mejor dicho y me comentaron que podían acompañarme al mecánico pero tenía que ayudarles a poner gasolina ya que estaba lejos de donde estábamos. Les dije que lo sentía, pero que no sería posible. Enconces después de mucho insistir me dijeron que no había problema que me acompañarían igual. Les dije que no era necesario, pero insistieron. Así que les dije que fueran delante que les seguía. Mientras lo hacía algo se despertó dentro de mí. No sé si por los insistentes gemidos de Luca, o porque ya me había olvidado del humo azul. La cuestión es que me empiezó a parecer muy raro que ese supuesto mecánico supiera el fallo del coche con solo mirarlo y me acordé de los ladridos de Luca la noche anterior. Me pregunté: ¿y si Luca ladraba porque me pusieron algo en el depósito? ¿Y si ese chico me esperaba desde hacía horas porque sabía que vendría un coche con problemas ? ¿Y si era un sistema o forma de sacar el dinero a los viajeros? ¿Por qué Luca hacía tanto ruido? Detuve el coche. El chico de la moto que iba a varios metros por delante también se detuvo y al poco tiempo se acercó a mí. Abrí la ventanilla, le dije que lo sentía mucho, pero que ya me buscaría la vida, que gracias por todo y por el té, pero no hacía falta que me siguiera. Me decía que sí, que esperaría hasta pasar al menos la cuesta grande ya que era muy posible que yo no llegara al siguiente pueblo. Le insistí que no hacía falta, incluso le di diez mil Turgiks, algo as´como tres o cuatro euros, agradeciéndole el tiempo y el té pero que gracias por todo pero adiós. En ese momento, se asomó por sorpresa por la ventana y miró dentro del coche. Vio que tenía algunos Rublos que traía de Rusia en forma de monedas. Me pidió si podía dárselos, y la verdad, con tal de que me dejara en paz le di las monedas que no llegarían a cien rublos.

Nos pusimos en marcha y Luca dejó de llorar. El coche continuaba echando humo cada vez que aceleraba aunque finalmente conseguimos pasar la famosa montaña y llegar el pueblo de Ogly. Al llegar al pueblo un coche me empezó a hacer luces para que parara. Ya era de noche y me insistía en que parara una y otra vez. Así que paré. Bajé y me acerqué a él. Salió un hombre con gorra, chaqueta de cuero roja, pantalones militares,  sombrero y gafas de sol. Me dijo que si tenía un problema en el coche, él podía alquilarme una habitación y que al día siguiente me llevaría a un buen mecánico, incluso tenía una ficha en diferentes idiomas que me daba para leer. ¿Español? me decía… Toma lee. Por supuesto de noche, en medio de la calle y en una ficha toda arrugada yo no veía nada. Aún así me parecío muy extraño. Como con el chico de la moto, era como si me estuvieran esperando. Así que le di las gracias pero que seguiría mi camino y buscaría por ahí otras opciones. Insistió un poco, hasta que ya puse un tono de voz parecido a un gruñido y lo comprendió.

Seguí conduciendo unos cientos de metros más hasta la primera gasolinera. Allí pregunté por un mecánico pero nada, no entendía ni papa. Así que le di las gracias y seguí a la próxima. Era tarde, justo sorprendí a los trabajadores de la gasolinera a punto de cenar lo que parecía una sopa.

Les explique mi situación y por suerte uno de ellos hablaba inglés perfectamente  y se lo que explicó al jefe. Este me dijo que conocía a un mecánico pero que costaría un dinero en gasolina acompañarme. Al principio dudé un poco pero no tenía más opción, eran ya casi las diez de la noche, el coche echaba humo azul y se ahogaba. No era momento de ponerse a racanear un par de euros.

Por suerte fui a parar a la casa del mecánico. Él mismo y toda su familia salieron a saludarme. En seguida se puso a revisar el coche y descubrió lo que tenía pero me dijo que era muy tarde, que a la mañana siguiente lo repararían a primera hora. La tranquilidad y alivio que sentí fue enorme, pero en seguida me invadió otra cuestión. ¿Dónde iba a dormir aquella noche de frío intenso? Sin cortarme le pregunté al mecánico si tendría un garaje o algo parecido para resguardarnos del frío Luca y yo. Por suerte el mecánico, me miró, sonrió y me dijo que le siguiera. En ese momento  toda la familia nos acompañó en su coche, el hermano y su familia en su coche más el chico de la gasolinera. Así que casi formamos una pequeña caravana a las once de la noche en un pequeño pueblo de Mongolia. Los seguí con confianza por unos caminos de tierra y piedras en la noche más absoluta. Algo me decía que debía confiar. Ahora que pienso, no recuerdo escuchar a Luca gruñir ni ladrar una sola vez. Llegamos a una puerta metálica que alguien abrió desde  dentro al tocar el claxon uno de los coches.  Entramos uno detrás de otro, hasta el último que era yo. Allí aquel hombre volvió a abrir la puerta de algo que parecía una nave. Estaba tan oscuro que era difícil distinguir con claridad. Al abrir encendieron la luz. Allí dentro había un autentico taller mecánico, con varios coches del estilo del mío en reparación. Todo estaba limpio y ordenado. Mis ojos no se lo podían creer. Estaba tranquilo al fin. El mecánico se acercó al coche y me dijo que bajara. En el taller tenían un sofa y una pequeña cocina donde podía calentar agua. Me dijo con señas que podía quedarme allí, que no me preocupara. Finalmente todos se fueron y Luca y yo nos preparamos para dormir. Preparé mi cama en el coche, le di de cenar a Luca y me tumbé a dormir. Abrí mi móvil para ver las fotos del día y leer un e-book. Mi sorpresa fue cuando vi que además tenía wifi. La verdad que no podría haber ido mejor.

A la mañana siguiente me desperté pronto. Recuerdo que el mecánico me dibujó en el cristal el horario de apertura la noche anterior. Las  nueve si no recuerdo mal. Finalmente llegaron como a las nueve y media. La puntualidad no era su fuerte pero daba igual, yo estaba tranquilo. Había podido pasar la noche caliente, Luca estaba bien, mi coche estaba en un taller de verdad, humilde sí, pero limpio y ordenado y esa mañana se pondrían a trabajar en él.

El mecánico llegó y se puso a trabajar en mi coche el primero de todos, incluso de algunos que estaban medio desmontados. En seguida descubrió algunos fallos y puso a su gente a trabajar mientras yo paseaba con Luca o me tomaba un café con ellos. En apenas cuatro horas me habían solucionado el problema del humo azul, cambiándome el filtro de gasoil, ajustado la bomba de inyección, reparado el turbo, cambiado el filtro de aire y cambiado el líquido anticongelante del motor, que para las temperaturas que se manejan por Mongolia era un anticongelante que resistía hasta cuarenta grados bajo cero. Además me limpiaron el coche por dentro y por fuera. Parecía otro coche. Pero lo mejor estaba por llegar. Cuando el mecánico me hizo la seña de que toca pagar, me dice:  “money , money”. Le dije que ok, y le acompañé a la oficina. Allí me dijo que el trabajo incluída la limpieza tenía un coste de… En ese momento me temblaban las piernas un poco, no tenía más que ciento cincuenta euros y me temía lo peor. Para más inri, como no hablaba inglés cogió la calculadora y le empiezó a dar a los botones sin piedad. Esto, más aquello, más esto otro, en ese momento creí leer sus pensamientos. Terminó de añadir cifras. Giró la calculadora y me la enseñó. Hasta entonces nunca habíamos hablado de números. La calculadora marcaba 156 mil turgiks, la moneda de Mongolia. No entiendía nada. Entonces le dije que me permitiera mirarlo en el conversor de divisas. Introduje la cantidad. Coste de la reparación y limpieza en euros: ¡sesenta y cinco euros! No me lo podía creer, todo ese trabajo por ese precio. Así que saqué mi cartera y pagué encantado. Además llevaba una botella de aceite de cinco litros desde Alemania, que había comprado por si las moscas pero que no necesitaría, por lo que le propuse vendérsela y accedió  descontando de la factura unos veinte euros.

Como podréis imaginar salí de allí más contento que unas castañuelas. Además el coche iba muy bien. Diría mejor que nunca.

Así que continué el camino a la mañana siguiente quedándome un día más allí. El camino hasta Altai, primer sitio donde paré era realmente malo. La carretera era un auténtico camino de tierra con socavones y ondulaciones que hacían difícil o casi imposible circular. Te comías alguno que otro y recibía un golpe de volante o una vibración que te hacía desviar el coche. Por suerte, con el tiempo, le fui pillando el truco y ya no fue necesario ir tan lento ni maltratar el coche.

CAMELLOS MONGOLIA ENBUSCADELALUZ

El camino, a parte de algunas dificultades como las que he mencionado, era precioso. Intenté hacer alguna foto para captar el lugar, pero no era posible. Recuerdo ser muy consciente de ello. En muchas ocasiones suele pasar al revés, los sitios son tan fáciles de fotografiar que salen mejor que en la realidad. Pero en este caso por mucho que lo intentara no era posible acercarme ni al veinte por ciento de su belleza. Conduje hasta la medianoche, y cuando eran las doce en punto simplemente paré el coche, eché el asiento para atrás y caí rendido de sueño.

 

MONGOLIA EN BUSCA DE LA LA LUZ MAURICIO PERALTA

 

 

En Altai volvió a pasar algo similar a lo que ya me pasó. Esperaba una transferencia desde España y Altai era al único pueblo en kilómetros que tenía banco, y como necesitaba el dinero para echar gasolina no tuve más remedio que buscar un garaje donde dormir, solo que esta vez fue diferente. Esta vez no solo me dejaron el garaje sino que además me prepararon una habitación y me hicieron sabrosas comidas.

Continué a los dos días ya con el dinero y con estómago lleno hacia Ulaan Bator. Esta vez el camino era aún más largo pero había más parte asfaltada, por lo que no fue tan duro como la primera vez. A los dos días llegué a Ulaan Batoor y la verdad que no me gustó mucho lo que vi. Tenía más pinta de una provincia de nuevos ricos chinos que de lo que uno se pueda imaginar, pero aún así seguí adelante. Tenía bastante hambre así que lo primero que hice fue buscar un restaurante, a ser posible con conexión wifi, para poder buscar algún sitio donde hospedarme.

Después de comer fui a uno de los hostales que vi en en Internet, pero el primero estaba lleno, así que él mismo recepcionista me indicó que me dirigiera al Lotus Guest House que estaba a unos pocos metros, incluso me acompañó.

El Guest House estaba bastante bien, además ya había anochecido, así que no lo dude un segundo y allí me quedé. Pasaron los días y sabía que había algunas ONG trabajando con niños huérfanos en Ulaan Batoor, así que me puse a investigar dónde podría localizar alguna ONG que me permitiera documentar el trabajo que hacen sus voluntarios. Y no os lo vais a creer, pero el Lotus Guest House colabora con el Children’s Guest House, una escuela para niños huérfanos o de familias con  problemas de alcoholismo y que de alguna manera u otra no tienen hogar o incluso han sido encontrados en la calle por la policía y han sido llevados allí.

Quizás es una casualidad, quizás no, pero cuando digo que todo pasa por algo, creo que esta historia podría ser un ejemplo de ello. Desde Novosibirsk en Russia hasta  Ulaan Batoor en Mongolia  ha habido una secuencia de acontecimientos que me han llevado hasta donde estoy ahora y que me permitirán, a partir de mañana, vivir y compartir tiempo con personas que arrojan luz sobre las vidas de los que más lo necesitan, personas que son las protagonistas del proyecto En busca de la luz.

EN BUSCA DE LA LUZ #ENBUSCADELALUZ

 

 

 

 

 

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